dimanche 14 décembre 2008

Canción para los días de la vida.

Me subí al bondi, me senté y ví una línea. Una línea. Una tan simple como la de un escalón de colectivo línea 65 (este día no era un 65, era un colectivo línea 65). Eso, tan solo eso, me separaba del resto de los pasajeros. ¿Era sólo eso? De un lado, altaneros sobre la parte elevada del ómnibus, los felices. Abajo, y de frente a todos ellos, yo. Eso significaba tanto y tan poco: significaba que las escenas que parecen premeditadas en el cine puede que no sean más que vivencias interesantes del director o el guionista; que aquellas donde todo parece estar calculado, no sean más que pura realidad. También, significaba que yo, yo sola en todo el vehículo, era infeliz. Estaba por debajo de Ellos, Los Felices, Los Alegres, los que suben de a dos y de a dos bajan de los colectivos, riendo. Yo, por mi parte, miraba aquellas ínfimas gotas que caían del cielo, que no llegaban siquiera a lluvia, y pensaba en mi desgracia. Bueno, en realidad pensaba en mis desgracias, verán, tengo dos o tres guardadas en el bolsillo.

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